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Mi Cuerpo No Estaba Loco

 

Llegué llorando.

 

No fue una lágrima discreta. Fue ese llanto que sale cuando ya no te queda nada que sostener. Venía directo del hospital. Otra vez. Ya había perdido la cuenta de cuántas veces entré y salí en ese año. Un año entero desde que me dio COVID.

 

Al principio fue “agudo”, como dicen los médicos. Fiebre, miedo, aislamiento. Sobreviví. Todos dijeron que tuve suerte.

 

Pero la verdad es que nunca volví.

 

Después vinieron los dolores de cabeza que no se iban. El insomnio. La ansiedad. Esa sensación constante en el estómago como si algo estuviera inflamado, alterado, revuelto. Estudios. Más estudios. Neurología. Gastroenterología. Medicamentos. Ajustes. Cambios. Nada.

 

Un año así.

 

Y ese día, saliendo del hospital, me dijeron que la siguiente opción era internamiento psiquiátrico. “Para observación.” Que ya habían agotado alternativas. Que probablemente lo mío era ansiedad. Que quizás todo estaba en mi cabeza.

 

En mi cabeza.

 

Yo sabía que no estaba inventando el dolor. No estaba fingiendo las noches en vela. No estaba simulando las náuseas. Pero cuando suficientes médicos empiezan a mirarte como si fueras un expediente complicado, empiezas a dudar de ti misma.

 

Caminé directo aquí con la sensación de que era mi última puerta antes de que alguien escribiera oficialmente que yo estaba loca.

 

Durante la sesión, algo cambió.

 

No fue una conversación larga. No fue que alguien me convenciera de nada. Fue una experiencia.

 

Sentí presencias.

 

Lo digo ahora con calma, pero en ese momento fue intenso. No eran “personas” como fantasmas. Era más bien la sensación de que había algo trabajando en mí.

Sentí cómo salían cosas de mis manos. Como si algo se desprendiera. No sabría decir qué. Energías distintas, como si se despegaran capas que ya no me pertenecían.

 

Lo mismo en los pies.

 

Y en la cabeza… en la cabeza fue lo más fuerte.

 

Incluso estando sola en la cama, en ese espacio, sentí que había alguien justo ahí, en mi cabeza. Cuando la luz del sol tocó mi cara, fue como si algo se abriera. Hice el gesto con las manos sin darme cuenta - como si se abriera el cráneo suavemente.

 

No fue dolor. Fue alivio.

 

Como si alguien estuviera haciendo una cirugía invisible, sacando cosas de mi cabeza. Sacando presión. Sacando ruido.

 

Y no era solo arriba. También sentía movimiento en los pies, en las manos. Como si todo mi cuerpo estuviera siendo recalibrado.

 

Una hora después terminé la sesión.

 

El dolor de cabeza… no estaba.

 

El nudo en el estómago… no estaba.

 

Esa tensión constante que me había acompañado durante doce meses… no estaba.

 

Esa noche dormí.

 

Dormí.

 

Sin pastillas nuevas. Sin monitoreo. Sin miedo.

 

Pasó una semana. Seguía estable. Sin insomnio. Sin dolor. Sin crisis gastrointestinal.

 

Lo más fuerte no fue que los síntomas desaparecieran. Fue darme cuenta de algo que nadie me había dicho en todo ese año: mi cuerpo nunca estuvo loco.

 

Estaba saturado. Estaba asustado. Estaba atrapado en un ciclo que nadie estaba logrando interrumpir.

 

Durante un año viví en un mundo donde todos hablaban del virus, de las cifras, de las muertes. Yo sobreviví a la fase aguda… pero quedé atrapada en otra pandemia más silenciosa: la de los síntomas que no se ven en una placa, la de los expedientes que dicen “todo normal” cuando tú no estás normal.

 

Ese día no me rescataron de la locura.

 

Me devolvieron la credibilidad sobre mi propia experiencia.

 

Y eso, después de un año entero de que insinuaran que todo estaba “en mi cabeza”, fue más sanador que cualquier diagnóstico.

 

No era mi cabeza inventando el dolor.

 

Era mi cuerpo pidiendo que alguien escuchara de otra manera.

 

Y por primera vez en doce meses, alguien lo hizo.

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