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Mi Regreso del Silencio

Hubo un tiempo, no hace mucho, en que mi mundo se apagó a la mitad. Me acuerdo de ese peso muerto; no era solo que no pudiera mover el brazo o la pierna izquierda, era como si una pared de neblina se hubiera levantado a la mitad de mi cuerpo. Yo, que siempre fui una mujer activa, conocida en la colonia, la que saluda, la que organiza, la que opina, la que llevaba la voz cantante en la cuadra, la que recibía a todos los nietos y platicaba con medio mundo, me convertí de repente en una estatua en mi propia cama.

Recuerdo que estaba consciente. Eso era lo más extraño. Yo escuchaba todo. Entendía todo. Sabía quién entraba y quién salía del cuarto. Pero mi cuerpo no respondía. Era como estar atrapada dentro de mí misma. No podía levantarme. No podía bañarme sola. No podía comer sola. Mis manos —mis manos que tantas veces cocinaron, lavaron, abrazaron— no obedecían.

No voy a mentir: hubo momentos en que sentí que algo dentro de mí se estaba apagando. No era solo el cuerpo. Era la sensación de dejar de ser quien una ha sido toda la vida.

Cuando me hablaron de probar algo diferente, algo que no entendía bien, algo que no se parecía a nada de lo que conocía… acepté. No sé si fue valentía o simplemente que ya no tenía nada que perder. Tal vez fue la confianza en quien me lo recomendó. Tal vez fue esa pequeña chispa interior que aún no se había rendido.

Entonces llegó este muchacho.

Si les contara... me dio una risa que casi me sale el alma. Entró a mi casa un joven extranjero, vestido de traje como si fuera a una oficina de esas elegantes en el centro. No traía nada: ni una pastilla, ni un aparato, ni una ramita de ruda para una limpia. Nada. Y hablaba un español tan mocho y tan raro que yo pensaba:

"¡Válgame, Dios! Mi sobrina ya se volvió loca, ¿este muchacho qué me va a hacer? Hasta un brujo con tambores hubiera tenido más sentido".

 

Pero me miró a los ojos y hubo algo en su silencio que me hizo quedarme quieta. Él ya sabía lo que era estar encerrado en su propio cuerpo; él ya había pasado por ese túnel.

El Despertar

Empezamos las sesiones. No se sentía como un ejercicio, se sentía como si el aire de mi cuarto se estuviera acomodando. La primera vez fue ahí en mi cama, sin moverme. Pero algo cambió en mi cabeza. Para la segunda sesión, ya me tenían en la sala.

 

Y en la tercera... ahí fue cuando pasó lo que a veces me cuento a mí misma y me parece que le pasó a otra persona.

 

Me acuerdo de que sentí un hilito de fuerza, como una luz que se prende al fondo de un pasillo. Me levanté. Así, sin que nadie me jalara, sin apoyarme en nadie. Caminé derechito, sentí mis pies firmes en el piso, no se me trabaron, no arrastré las chanclas. Llegué al centro de la estancia, levanté mis dos brazos bien altos, apuntando al cielo, y sentí una libertad que no les puedo explicar. Me volví a sentar solita, con una calma que ni yo me la creía.

 

La Nueva Doña

A las cinco semanas, salí a la calle. Un vecino se me quedó viendo como si hubiera visto a un fantasma. Se me acercó y me preguntó casi en secreto:

 “Oiga, Doña... ¿qué el muchacho le hizo? ¿Fue vudú o qué?”

Yo solo le sonreí. No le iba a explicar de variables sensoriales ni de infraestructuras ambientales. ¿Para qué?

Lo que yo sé es que ese muchacho de traje no me "curó" con magia. Él simplemente calmó el ruido que tenía yo alrededor para que mi propio cuerpo se acordara de cómo funcionar. Hoy me baño sola, voy al baño sola, como lo que yo quiero y camino por mi casa como si nunca hubiera pasado nada.

A veces me veo al espejo y me guiño un ojo, porque sé que esa Doña que estaba postrada en una silla ya se fue para no volver. He vuelto a ser yo, pero con una fuerza que nace de haber estado en el silencio y haber aprendido a caminar de nuevo.

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